Cuando cuidar se convierte en una enfermedad

El Síndrome del Cuidador es un trastorno que aparece en personas que se convierten el cuidador principal de una persona dependiente. Conlleva agotamiento físico, mental y aislamiento.

Estas personas se encuentran con una situación repentina para la que no estaban preparadas. Han de invertir todo su tiempo y energía en los cuidados de la persona dependiente; esta exposición al estrés continuado y crónico de la lucha contra una enfermedad termina con las fortalezas y recursos del cuidador.

El perfil de cuidador principal es una mujer de edad media que es un familiar directo de la persona afectada, que trata de compatibilizar el cuidado del familiar con las responsabilidades propias, trata de ser útil y de ayuda en su entorno cercano. Desafortunadamente, en este país, sigue siendo la mujer la figura del cuidado, la que termina encargándose de los cuidados de los hijos, del marido y de la persona enferma, y es ella la que termina cayendo en este síndrome.

El problema es que, cuando esta situación se prolonga, se da por hecho que esa persona es la encargada de todos los cuidados, por lo que aumenta sus responsabilidades, aumenta su soledad ya que apenas le queda tiempo para encargarse de su propia vida y aumenta su estrés ya que, con el tiempo, las enfermedades se agravan por lo que los cuidados han de ser mayores. En otras palabras, la carga física y mental del cuidador ocupa toda su vida, hasta que el cuidador pierde su independencia y se desatiende a sí mismo.

Generalmente, cuando una situación grave ocurre en una familia (como un accidente de tráfico, un daño cerebral, demencias, una enfermedad crónica, etc.), todo se paraliza, los familiares se vuelcan en los cuidados, los amigos se acercan a prestar su apoyo, etc. Pero una vez que la situación se estabiliza, el paciente sale del hospital y vuelve a casa, todo vuelve a su cauce, los amigos vuelven a sus vidas y los familiares tratan de reemprender sus proyectos de vida. Para todos menos para el cuidador principal, que es la persona que “se sacrifica” por el bien del enfermo. Esta persona deja o reduce su trabajo, abandona sus hobbies y tiempo de ocio, por lo que su círculo social y amistades se resiente y, en general, paraliza su proyecto vital. Algunos de los síntomas que puede experimentar el cuidador son: agotamiento, labilidad emocional, depresión, ansiedad, conductas de consumo de sustancias, insomnio, alteraciones del apetito y del peso, aislamiento social, dificultades cognitivas (problemas de memoria, de atención, de toma de decisiones…).

Como reacción al sobreesfuerzo que está realizando el cuidador, pueden aparecer nerviosismo, tristeza, fatiga mental y física (“no puedo más”), irritabilidad (“pierdo los nervios por nada”), estrés y preocupación excesiva ante cualquier imprevisto, agresividad, recelo de otros cuidadores auxiliares (“si no llega a ser por mi”, “nadie le cuida igual de bien que yo”), soledad (“cómo voy a quejarme yo si el enfermo y el que sufre es él”), sensación de pérdida de control, culpa (“no debería haber reaccionado así”), negación del disfrute personal (“cómo puedo estar divirtiéndome mientras él sufre tanto”), abandono de las propias necesidades (“yo no necesito que nadie se ocupe de mi”, “es él el que necesita cuidados, no yo”).

Entonces, qué se puede hacer para evitar o retrasar la aparición de este síndrome:

  • Lo más importante: ACEPTAR QUE EXISTE UN PROBLEMA.
  • Que haya más cuidadores, involucrar a más personas en el cuidado. Cuantas más personas compartan las tareas de cuidado, menor será la carga individual. No debemos pensar que “solo yo puedo atender bien al enfermo”, ya que esto no es cierto y a largo plazo el cuidado será de peor calidad que si participan más personas.
  • Mantener hábitos de vida saludables: alimentación equilibrada, ejercicio moderado, horas de sueño adecuadas, evitar excesos.
  • Ocio: tiempo libre, hobbies, actividades agradables, vida social. Y evitar sentirse culpable por dedicarse tiempo a sí mismo.
  • Facilitar la autonomía del familiar afectado: dejar que haga las cosas que pueda, aunque tarde más tiempo, es beneficioso tanto para él como para el cuidador. De otro modo, aumentamos su dependencia y la carga del cuidador.
  • Adaptar y modificar el entorno para evitar accidentes y estresores añadidos.
  • Información acerca del daño o afección del familiar para comprender su comportamiento mejor y evitar caer en el pensamiento de “lo hace aposta, para fastidiarme”.
  • Aceptación y manejo de emociones negativas: los pensamientos y sentimientos negativos forman parte de todos nosotros, como humanos. Lo importante es aprender a aceptarlos y superarlos sin tener miedo a sentirlos.
  • Si es necesario, acudir a profesionales que puedan ayudar a manejar esta carga, estos sentimientos negativos y el dolor que sufre.

Los profesionales facilitan pautas para el trato con el familiar afectado, para reducir los problemas conductuales, para hacer la vida más fácil tanto al familiar afectado como a los cuidadores. Así como ejercer de apoyo para el cuidador.

En resumen: si no estamos bien, no podremos cuidar bien. Si no se atiende a las necesidades físicas, mentales y sociales propias, el cuidador terminará cayendo enfermo (física o psicológicamente) y esto repercutirá de manera directa en la calidad del cuidado que se podrá aportar al familiar enfermo.

Por tu bien, por su bien, cuídate.

Irene Marivela Palacios

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