Compasión en tiempos de COVID-19 (y siempre)

La compasión entendida desde la psicología se aleja de la idea de debilidad, lástima, caridad, vulnerabilidad y tristeza. La compasión es una cualidad que nos hace fuertes y no debemos perder, especialmente en tiempos difíciles. La compasión psicológica se puede definir como respeto y bondad hacia nosotros mismos y hacia nuestro dolor.

¿Por qué es importante? Porque hoy en día, la vergüenza, el dolor, el tener que estar siempre felices y con una sonrisa hace daño a muchas personas. La compasión permite ser amables con nosotros mismos, sin condernarnos por sentir y sin caer en la auto-crítica destructiva. Significa ser conscientes de nuestros sentimientos y dolor y darnos permiso para sentirlo sin juzgarnos por ello. Asimismo, este ejercicio nos hace más humanos, ya que tampoco juzgaremos a una persona que sufre, sino que nos mostraremos más abiertos a compartir esa experiencia, sin prejuicios y sin rechazar ni evitar relacionarnos con el mundo.

La compasión psicológica significa ser capaz ser honesto con nosotros mismos, reconocer lo que sentimos y aceptarlo sin vergüenza alguna. Muchas veces nos dejamos llevar por nuestros instintos, buscando la satisfacción inmediata de los deseos que, según la sociedad, debemos sentir, en lugar de pararnos y ser honestos con nosotros mismos para saber qué queremos y qué necesitamos realmente para sentirnos bien. Esta honestidad requiere coraje y valentía.

Para fomentar la autocompasión, entendida como hemos explicado previamente, la autora Neff (2003), propone tres elementos centrales:

  • Cariño y respeto hacia nosotros mismos: no se trata de aumentar el egoísmo ni el narcisismo, más bien se busca que nos tratemos con el mismo cariño con el que trataríamos a una persona querida y cercana a nosotros.
  • Darnos cuenta de que formamos parte de la humanidad: parece algo obvio pero es más complejo. Al formar parte de la humanidad estamos poniendo en perspectiva nuestro sufrimiento, nuestras debilidades son las mismas que podría sentir cualquier otra persona y así, la responsabilidad de nuestros sentimientos es la misma que podría tener otra persona. Con esto, se busca reducir el juicio y el castigo que nos imponemos al sentir emociones dolorosas.
  • Conciencia plena (mindfulness): darnos permiso para percibir el sufrimiento y el dolor, acercarnos a él y aceptarlo como parte de la experiencia humana, nos ayuda a no reprimirlo y, en general, a prevenir futuros trastornos psicológicos que derivan de la vergüenza, la culpa y la autocrítica. La meditación de la compasión (Tonglen) puede ser una buena herramienta para acercarnos a este concepto.

La autocompasión es autocuidado, es escucha, es respeto hacia uno mismo y hacia los demás. La práctica de la compasión permite un diálogo interno con nosotros mismo para buscar el alivio del sufrimiento y fomentar la felicidad, más allá de lo que esté pasando fuera. Especialmente, en estos momentos que estamos viviendo, entrenar la compasión nos puede ayudar a mantenernos en un equilibrio mental saludable.

Es normal que al leer esto, puedas sentir rechazo o incluso miedo. Algunos motivos comunes para experimentar estos sentimientos pueden ser:

  • Miedo a que si somos felices hoy, sufriremos más cuando no lo seamos.
  • Miedo a parecer débiles ante los demás si mostramos compasión.
  • No querer ver el sufrimiento en los otros para evitar sentir emociones negativas.
  • Miedo a que se reaviven recuerdos de experiencias dolorosas.
  • Rechazo al trato compasivo porque consideramos que no nos la merecemos.

Por todo esto, animamos a todos a realizar un trabajo de introspección, para darse el permiso y la oportunidad de experimentar compasión hacia ellos mismos y hacia los demás, para encontrar un bienestar y equilibrio en las relaciones personales, para alejarse del juicio y de la crítica.

            Paul Gilbert desarrolló la Terapia Focalizada en la Compasión (CFT), para tratar a personas con un alto grado de sufrimiento derivado de la vergüenza y la autocrítica. Esta terapia ha demostrado su eficacia científicamente en un laboratorio, la compasión es una habilidad que se aprende y entrena, y esto provoca cambios funcionales en nuestro cerebro. Gilbert (2015) nos instruye en que para desarrollar la compasión es necesario un componente cognitivo: prestar atención al sufrimiento del otro, para poder empatizar y analizar ese sufrimiento, llegando a reconocer la capacidad propia para paliarlo de manera eficaz. También, es importante el componente conductual: dirigir nuestras acciones a eliminar ese sufrimiento (propio o ajeno), como el contacto físico y la transmisión de un mensaje de validación de los sentimientos “me importas y me importa tu dolor”.

¿Te atreves a ser compasivo?

Irene Marivela Palacios

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