¿Por qué es tan difícil decir “no”?

En la entrada del blog de este mes de octubre, queríamos hablar de la autoexigencia. En otras entradas hemos comentado brevemente este tema, hemos hablado del perfeccionismo, del síndrome de la impostora, de los estilos de comunicación… pero en esta ocasión nos centraremos en la autoexigencia, un sentido de la responsabilidad elevado que nos puede causar agravios en nuestro día a día.

Empecemos definiendo la autoexigencia: es una actitud crítica, en ocasiones demasiado, hacia nosotros mismos. Se parece al perfeccionismo en que se evita el fracaso, pero se diferencia en que, en lugar de procrastinar para evitar enfrentarse a la tarea y a la posibilidad de fracasar, una persona muy autoexigente sobrepasará sus propios límites y capacidades para alcanzar esos estándares autoimpuestos. Se caracteriza por intentar tenerlo todo bajo control, negación del autocuidado y ejercer una alta presión sobre uno mismo. Por supuesto, como siempre habrá algo que se escape al control, pequeños o grandes imprevistos, accidentes… la persona puede que se sienta sobrepasada e incapaz de afrontarlo.

Como sucedía con el síndrome de la impostora, esta autoexigencia se manifiesta en las mujeres frecuentemente, sobre todo si estamos ante casos de madres trabajadoras (especialmente emprendedoras) que les cuesta conciliar porque su entorno no lo permite. Esto nos recuerda al síndrome de Superwoman, donde la mujer se carga de tareas, sin delegar en nada ni nadie, por lo que al final lo que se permite descuidar es a sí misma.

Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto decir que no? Una de las razones es que tratamos de demostrar que podemos con todo, para que se nos considere válidas y capaces. Pero este pensamiento tiene tintes irracionales, ya que, por decir que no a una tarea que nos asignan en el trabajo o delegar los cuidados familiares en ayuda externa, no significa que la persona sea un fracaso, que no sea válida, que no sea capaz. Tenemos que conocer nuestros límites. Estamos en una sociedad basada en el trabajo, todo gira en torno a la productividad, y desde que estamos con el teletrabajo los límites y horarios se han difuminado, invadiendo nuestro tiempo libre y nuestra intimidad. Por tanto, cuando se juntan las características personales de un exceso de responsabilidad y un sistema que solo valora la productividad, se dan casos de burnout, sentimientos de insuficiencia, inseguridad, agotamiento, estrés crónico…

La autoexigencia puede sacar lo mejor de uno mismo, tratar de hacerlo lo mejor posible puede ser algo motivador y reforzante, pero si nos pasamos, puede convertirse en una pesadilla. Decir que no podemos más, buscar ayuda o rechazar propuestas laborales, no es un signo de fracaso, es un signo de autoconocimiento y respeto a uno mismo. Combatir las ideas irracionales del tipo “si digo que no a este proyecto, no me volverán a llamar” o “se van a pensar que soy una floja/inútil/vaga” no es algo fácil, requiere una gran fuerza de voluntad y en ocasiones se precisa ayuda profesional para entender que las sugerencias o peticiones no se tienen que convertir en obligaciones que añadir a la inmensa lista de tareas pendientes. Tenemos que entender que este cuerpo, esta mente, esta vida es todo lo que tenemos y debemos cuidarlo y escucharlo. Decir que no, no demuestra debilidad, sino todo lo contrario. Si quiero dar lo mejor de mí misma, lo primero que debo hacer es cuidarme y no sentirme culpable por tomar un descanso, un fin de semana libre o apagar el móvil de la empresa al terminar la jornada. El mundo no se va a desmoronar porque descanses un rato.

Este post nos gustaría que os hiciera recapacitar y reflexionar sobre vosotros y vosotras, cómo os tomáis el trabajo y cómo os tomáis vuestro tiempo libre. ¿Os cuidáis lo suficiente? ¿Tenéis rutinas de autocuidado y desconexión? ¿Ponéis límites en vuestro entorno para protegeros? Contadnos vuestra experiencia en los comentarios.

Irene Marivela Palacios

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